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Excéntricos argentinos
First, enero de 2002

¿Qué es un excéntrico? ¿Cómo se lo diferencia del resto de los mortales? En la geometría euclidiana, un excéntrico (o concéntrico) es un círculo que, aunque esté dentro de otro, no tiene el mismo centro. Lejos del centro. Y de ahí, extravagante, original, fuera de la norma. Imprevisible. Sus acciones e intervenciones son el pasto de los biógrafos rumiantes, siempre a la caza de alguna anécdota diferenciable, de alguna salida eficaz.
En general los excéntricos se dejan llevar por sus impulsos histriónicos: les gusta ser vistos, o mejor, admirados. Todo lo que hacen o dicen está dirigido a la posteridad, pensando en la letra impresa que algún día los inmortalizará. Es el síndrome Oscar Wilde: primero hay que ser famoso, luego escribir. O, en versión autóctona, es el síndrome Osvaldo Lamborghini, cuya máxima "Primero hay que publicar libros, después escribir", dice lo mismo.
El excéntrico actúa a repetición, sin descanso y, requisito esencial, ante testigos. Un excéntrico no divulga sus propios hallazgos. Es más: apenas ha dicho o hecho lo adecuado, pasa todo por el tamiz del olvido, deja todo en manos de los otros. Se olvida. Busca incansablemente vivir de un modo diferente, lejos del centro, rodeado siempre de un séquito de admiradores (entre los que nunca falta, disfrazado, algún que otro enemigo). Son la sal de la literatura, ese campo cada vez más poblado de ovejas quejosas que como campesinos no hacen más que tener hijos con el fin de que cuando crezcan los mantengan.
En toda travesía artística hay un momento que podría resumirse así: se toma conciencia de que el esfuerzo es mucho y no vale la pena, de que el mundo del arte es en realidad un tugurio que rezuma sordidez y en el que es difícil respirar. O bien se sospecha que el arte no es más que un placer al que pueden dedicarse aquellos que ya tienen fortuna, y entonces hay que hacer todo lo posible por conseguirla. La literatura siempre está ahogándose en sus propios límites, siempre contiene en sí una revolución, y en ella siempre hay lugar para los excéntricos. A menudo se lo confunde con el dandy, y al dandy con el excluido, y el excluido con el reventado. Como ocurre en otros ámbitos de la vida, el repertorio de anécdotas se vuelve intercambiable. Enviar de regalo una bandeja de plata al Papa, como lo hizo Raúl Barón Biza, alegando que lo hacía porque al Sumo Pontífice "sólo le importaba el dinero", podría haberlo hecho Juan Rodofol Wilcock, quien antes de partir a Italia para siempre recorrió las librerías de Buenos Aires comprando con sus últimos ahorros todos los ejemplares que quedaban de sus propios libros, para quemarlos y desaparecer sin dejar rastro. El gato que, según cuenta la leyenda, arrojó Olvaldo Lamborghini al vacío por una ventana abierta, bien pudo haberlo arrojado Alberto Greco, inmediatamente después del intento fallido de asesinar a su madre en una bañera. En el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, el personaje inspirado en la figura del poeta Jacobo Fijman abofetea a un policía. Probablemente eso sucedió en la vida real, pero nadie dudaría en atribuírselo a Barón Biza, acto que comparado con haber arrojado a la cara de su esposa un frasco de ácido sulfúrico resulta de una nimiedad total, de una inocencia lindante con el acto de acariciar a un perro.
Raúl Barón Biza fue duelista, militante yrigoyenista, preso político y novelista procesado. Y habría que agregar: anticlerical y suicida, playboy, blasfemo, millonario, autor independiente, pionero del cultivo de oliváceas y de la explotación de minas (de wolframio y bismuto, ¿qué habían pensado?). Se batió a duelo muchas veces y organizó una fiesta de disfraces mezclando clases sociales y obligando a los ricos a vestirse de inmigrantes. Raptor de la hija de Amadeo Sabatini, el gobernador de Córdoba, permaneció dos años en prisión. En 1933, preso todavía, el Estado le inició un juicio por obscenidad y pronografía a raíz de la publicación de su novela El derecho de matar, cuyas dos primeras ediciones fueron secuestradas por la policía.
Juan Rodolfo Wilcock era ingeniero de caminos y había publicado seis libros de poesía cuando, en medio de oscuros hechos que lo relacionan con un asesinato, decidió de un día para otro emigrar a Italia, donde se dedicó a escribir solamente en italiano. Antes de partir había dicho: "Estudiar la historia d ela literatura argentina es equivalente a parar un perro por la calle y preguntarle por su árbol genealógico". Poco sabemos de sus excentricidades italianas. En algún momento decidió dedicarse a pintar y lo justificó de la siguiente manera: "Los pintores viven mucho más que los poetas, porque no piensan". Su muerte hubiese bastado para hacerlo ingresar en la galería de excéntricos: en 1978 y a pesar de todos sus esfuerzos, el corazón empezó a fallarle. Murió el 16 de marzo, como consecuencia de un síncope cardíaco, sentado en su sofá preferido, solo, sosteniendo entre las manos un libro sobre enfermedades cardíacas.
Jacobo Fijman nació en 1898 en Besarabia, Rusia, y llegó con sus padres a la Argentina en 1902. Singular violinista, escribió poemas a partir de 1919, fecha en la que comenzó a usar una capa negra como la de los toreros. En 1921, víctima de un complot, fue detenido por la policía y conducido primero al Instituto de Detención de Villa Devoto y luego al Hospicio de las Mercedes, donde permaneció siete meses. Viajó por Europa en compañía de Oliverio Girondo y allí conoció a André Breton y a Paul Eluard. En España trabó amistad con Valle Inclán, a quien, cuenta la leyenda, salvó de un atentado. En 1929 regresó a Buenos Aires y, poseído por una profunda crisis religiosa, se convirtió al cristianismo. Volvió a Europa, donde intentó ordenarse como monje benedictino, sin éxito. Volvió a la Argentina y se dedicó a viajar por el país como músico ambulante y paulatinamente llegó a una situación económica desastrosa. Hambriento, sin familia, sin amigos, fue internado definitivamente en un hospicio. Pintaba, dibujaba y escribía. Mientras algunas publicaciones lo daban por muerto, él seguía escribiendo. Entre los recuerdos de Fijman hay un hecho que el poeta ubica en París entre 1928 y 1929. Allí, mientras buscaba El Cantar de los Cantares de Fray Luis de León, conoció a una vieja gitana que loo llevó a su casa. Fijman al principio se resistió, pero fue doblegado por la sonrisa angelical de la desconocida. Ella se sentó a su lado en una cama "más negra que la noche enlutada", tiró las cartas y le dijo: "Naciste una madrugada con la luna nublada. Lloraban las gallinas y los perros recitaban la lección. Detrás de la luna bostezaba una paloma. La tempestad tendrá un sol que limpiará tu cara". Fijman cuenta que miró a la gitana barajar y cortar las cartas y que luego extrajo un 7 de espadas. El poeta se puso lívido. Sacó las últimas monedas que llevaba en el bolsillo y las arrojó sobre la cama. A partir de allí convivió hasta el fin de sus días con una sola idea: “Los astros me persiguen”.
Alberto Greco, ya de niño, estaba marcado por ciertos estigmas de "anormalidad": profundas ojeras, dificultades de expresión, tartamudez, voz de pito y movimientos de una torpeza algo cómica. Consiguió hacerse amigo de una paloma y un día la encontró en una cazuela, guisada por su madre: nada peor para un tartamudo que ser testigo de un crimen. Pésimo estudiante, abandonó la escuela secundaria a los tres meses. Toda la vida de Greco podría traducirse en clave de tango. El tango es melancólico, arrabalero, despechado, fatalista; hay penas, orgullo y humor agrio y resentido. Intentó sin éxito hacer carrera como actor, cultivó la poesía, pero sólo cosechó desengaños. Escribió una novela titulada Viviendo en casa de las tías viejas, pero la extravió. En 1954 viajó a París y allí sobrevivió a fuerza de ingenio: compraba y vendía objetos usados, cobraba por adivinar el porvenir y, a cambio de comida, decoró varias boites y cabarets. En 1956 regresó a Buenos Aires y comenzó a exponer. Inundó el centro de Buenos Aires con grandes carteles que decían "Greco, qué grande sos" y "Greco, el pintor informalista más grande de América". Se dedicó a trazar círculos de tiza alrededor de seres humanos y automóviles, firmando con su nombre la obra efímera. En 1965 se instaló definitivamente en Barcelona. El 12 de octubre se suicidó ingiriendo varios frascos de barbitúricos. En la mano izquierda escribió la palabra "Fin". "La muerte tiene algo de Shirley Temple", había escrito poco antes.